Esta vez la corona parecía estar más cerca que nunca. Los cocodrilos de Matanzas habían tenido una serie de ensueño, imponiendo un record de 70 juegos ganados para un campeonato. Se veían bien en el papel y en el terreno. Habían redondeado el equipo con la selección de refuerzos que estaban produciendo, lo mismo desde el cajón de bateo que desde la lomita.

Matanzas pierde semifinal de béisbol. Papiro Publicitaria
Composición a partir de las fotos tomadas por Katheryn Felipe

A las cuatro de la tarde del sábado 14 de enero, dio inicio el sexto juego de pelota. El estadio lucia sus mejores galas y los matanceros abarrotaron sus espacios con la confianza y la alegría de quien asiste a un momento definitorio, confiados de la victoria. Los augurios no podían ser más favorables para los aficionados y para los mas  conocedores del pasatiempo nacional.

El sexto juego debía dejar sellado el pase de Matanzas a la gran final de la pelota cubana. Se daría –por fin- el esperado encuentro entre las novenas de Matanzas y Ciego de Ávila y muchos en Cuba esperaban con morbo ese momento. Víctor Mesa, quizás el más polémico de todos los directores que han pasado por nuestras series nacionales, amado y odiado en proporciones semejantes, se enfrentaría al Roger Machado, un manager que discutiría –nada más y nada menos- su cuarta corona. El terreno pondría de frente a los dos equipos más estables de los últimos cinco años y el director del Clásico Mundial de Beisbol iba a salir de esa serie  rompecorazones.

Pero la pelota; como ha dicho en mas de una ocasión el periodista Renier González, es el más impredecible de los deportes y casi todos, con raras excepciones, subestimamos al tremendo equipo que presentaba Granma, a la sapiencia y el oficio de un director que fue apoyado por sus pupilos hasta las últimas consecuencias.

El sexto partido resultó desfavorable para los cocodrilos, perdieron por tres carreras ante un equipo granmense que aprovechó todas las oportunidades sobre el terreno y ganó el choque 9 carreras por 6. No hay que caer en la tentación de la culpa fácil, aunque a esta no le guste caer al suelo; en nuestra opinión esta es una culpa de equipo. Basta darle un vistazo a dicho juego –definitivo según lo apreciamos- para comprender que fueron los errores, la desconcentración de los jugadores y no la dirección estratégica del partido los que propiciaron la derrota.

La derrota definitiva ocurre en un momento, en una línea temporal se marca el punto de mate y ese instante quedó señalado en el séptimo juego, aunque desde el día anterior ya un sabor amargo se atragantaba en nuestras gargantas. Se perdió y se perdió mal, duele que un equipo que ha jugado una campaña como esta serie 56 –tan compleja, repleta de problemas y contradicciones de todo tipo- pierda el último choque por nocao.

Los detractores de Víctor estarán eufóricos. Los que aman, disfrutan y respetan al equipo de Matanzas estamos entristecidos y preocupados. Esté será el último año del 32 con el equipo de los Cocodrilos y esa no es una buena noticia

La victoria era más que merecida; pero hay que ganarla en el terreno y no se pudo, no se ha podido en más de veinte años.

Recomendamos la lectura de la columna de Michel Contreras sobre este juego


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