Es la segunda vez que escribo sobre mi amigo y colega Osvaldo Doimeadios. La primera vez fue en 2005, motivado por el estreno de Ceremonias para actores desesperados, espectáculo con textos de Abilio Estévez y dirección de mi  admirado Carlos Díaz, para su Teatro El Público. El Doime, como generalmente le decimos sus compañeros del Instituto Superior de Arte de La Habana (ISA), estaba excepcional en su personaje de Santa Cecilia, una tarea bien difícil después de la clase magistral que había entregado desde el mismo personaje la actriz Vivian Acosta.

Desde Matanzas, un abrazo de amistad para Osvaldo Doimeadios. papiro Publicitaria

Ambos somos de origen oriental, Doimeadios de Holguín y yo de Santiago de Cuba. Pertenecemos al curso que entró al ISA en 1982 y se graduó en 1987. Casi media década de aprendizaje coexistiendo con los mejores momentos de nuestra Universidad de las Artes y digo mejores por su claustro de vanguardia y por vivir entonces nuestro país, a nivel socioeconómico, un período donde como dice la gente de mi generación “éramos felices y no lo sabíamos”.

Todos los sábados sigo atento la nueva serie televisiva LCB: La otra guerra, donde Doime asume brillantemente un campesino de entraña revolucionaria y humanista. Cada vez que lo veo me siento orgulloso de aquellos años de formación en nuestra profesión actoral, bajo la mirada aguda y simpatiquísima de la maestra Ana Viña, otrora primera actriz del prestigioso Teatro Estudio.

Tanto Osvaldo como yo tuvimos que pelear muy duro nuestro espacio por aquellos días. En nuestra aula campeaban por su respeto algunos de los galanes jóvenes más sonados de nuestra época. Francisco Gattorno, aún en activo en el cine y la televisión de varios países de las Américas, lo mismo que Pedro Sicard, alto, hermoso, a los que se suman Eloy Ganuza, un negro grande de voz estentórea y una organicidad a prueba de balas, más la gracia ingenua y guajira del villareño Jorge Luis Álvarez, protagonista de la película Una novia para David, del director Orlando Rojas.

Doime y yo, de estaturas más bien bajas, él envueltico en unas carnes que domeñaba haciendo ejercicio para que no se le botaran las “papochas”, y estoy utilizando su propio vocabulario, yo mulatico y de beldad común, nada que ver ambos con los estereotipos pensados para el shakesperiano Hamlet, el príncipe de Dinamarca; mucho menos para el apuesto Alejandro Yarini, de Carlos Felipe o con el Stanley Kovalsky de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.

Un par de veces compartimos papeles en montajes de finales de curso. El ciego Tiresias en una particular versión teatral de Fedra, y el Señor Peachum de La ópera de los tres centavos, de B. Brecht. Finalmente él enrumbó por los caminos del humor y yo por el del teatro de figuras, pero no sin antes conseguir los diplomas de oro de nuestra graduación, trofeo con el cual los otros bellos, y talentosísimos también, no se pudieron quedar.

Me concentré ciento por ciento en mi pasión por los retablos y la titerería, pero el Doime abrió su diapasón del humor (obtuvo el Premio Nacional en el año 2012)  al cine, trabajando con destacados directores como Juan Carlos Tabío, Arturo Sotto, Alejandro Brugués o Sebastián Miló, de Cuba, o con maestros extranjeros como Benito Zambrano, de España o Alberto Lecci, de Argentina. Ha reinado en la televisión nacional y de otros países, lo mismo en programas humorísticos estelares, que en series, telenovelas, dramas y espacios infantiles.

El teatro, por suerte para él y para todos nosotros, nunca lo ha perdido de vista, lo mismo dirige sus propias puestas en escena, que ha sido dirigido por Raquel Revuelta, Abelardo Estorino, Mario Balmaseda, Armando Suárez del Villar, Nicolás Dorr, Flora Lauten, Carlos Díaz o José Oriol, entre otros. Hay que reconocer que todo lo ha hecho bien, con esa reciedumbre de los actores magnánimos, mezclada con una sencillez que lo hace un ser humano especial.

Para colmar tantas bondades, la vida le ha regalado que su hija Andrea sea una excelente actriz, tanto en el humor como en lo dramático o lo experimental. Me ha comentado el mismísimo Carlos Díaz que ella será mejor que su padre y eso más que una broma es un elogio a la continuidad de una estirpe, que halla en esa singular y jovencísima artista legítima continuidad.

Hace poco me sorprendí escribiéndole a Osvaldo para saber sobre el fin de su personaje en la mencionada serie LCB: La otra guerra. No quería aceptar que fuera otra de las víctimas de los asesinatos cometidos por los bandidos del Escambray. Metido hasta los huesos en la trama que narra un momento doloroso en la historia de nuestro país, me di cuenta de que estaba al tanto de la vida de mi colega y amigo, como si no fuera a encontrármelo nunca más con su familia linda, fiel asistente a los espectáculos de Teatro de Las Estaciones.

Cada éxito de Doimeadios lo siento mío. Lo  aplaudo delante del televisor o la gran pantalla, en el teatro, donde lo he visto, además de regalar su histrionismo de altos quilates, ejercer la profesión de pedagogo con muy buenos resultados. Encontrarme con él por la calle, en los escenarios, a través de comunicaciones virtuales o telefónicas es siempre fiesta.

Ya pasamos ambos los 50. Creo que hemos cumplido muchas de las promesas que vieron en nosotros hace 30 años y más, pero lo del Doime es demasiado, una llama artística inacabable, orgullo de Cuba, del mundo y de una generación soñadora, que encuentra en su persona el retrato más vivo de la realización. Le agradezco en nombre de muchos y del mío propio por tanto y tanto.

Por: Rubén Darío Salazar

Peñas Altas, Matanzas.

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