El café está considerado la segunda bebida más consumida en el mundo después del agua, y su degustación deviene pretexto para encuentros entre amigos, e integra la cultura gastronómica de numerosas naciones.

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En Cuba se mantiene la tradición de ofertar una tacita de café a quienes llegan de visita a las casas, el hecho de no contar con el polvo suficiente para  brindar la aromática bebida al recién llegado pone en aprietos a cualquier anfitrión.

Recuerda la oralidad isleña que en sus letras está el secreto para lograr que la bebida obtenida  tenga calidad, porque debe ser: “Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso”, como indica su nombre.

La modernidad llevó las cafeteras a presión hasta los más distantes lugares del archipiélago cubano, aunque aún en algunas zonas, sobre todo en las montañosas, los lugareños lo elaboran en antiguos coladores de tela, sostenidos por un aro de metal o madera elevado por finos soportes unos 50 centímetros.

Una red industrial procesa en Cuba los frutos del cafeto, desde que se cosechan en las lomas hasta que llegan a sus destinos, tostadas y molidas.

Aunque la mecanización permite mezclas homogéneas muy finas, todavía se mantiene en la serranía el hábito de pilarlos.

Este proceso, muy típico de la zona oriental, consiste en colocar los granos dentro de un pilón, especie de mortero de madera con una profunda oquedad, y luego macerarlos con un potente brazo, hasta pulverizarlos.

Como diferencia  notable está que el producto obtenido no es tan fino como el que se logra en la red industrial.

En las montañas de la antigua provincia de Oriente, al este de Cuba, los serranos utilizan el sonido que emana de ese artefacto cuando aplasta los granos, como un código de comunicación sólo conocido por ellos.

Por ese medio se trasmiten noticias, cuentan novedades e incluso se invitan a degustar una rica taza de la sabrosa bebida.

El consumo de ese extracto en los hogares cubanos es tan fuerte que protagoniza todos los amaneceres, y también es común oler su aroma en horas de la tarde cuando las familias regresan de sus deberes diarios y vuelven a reunirse en casa.

Aunque algunos expertos aseguran que no es adictivo, muchos consumidores afirman que cuando no toman la cantidad a la que están acostumbrados sufren de dolores de cabeza o se sienten débiles.

La primera cafetería que existió en Cuba fue el Café de la Taberna en la Plaza Vieja, en la esquina de la calle Mercedes, en la Habana, luego en las décadas de 1880 a 1900 se abrieron más establecimientos de ese tipo en Matanzas, Camagüey, Cienfuegos y Caibarién.

Servir esta bebida tiene sus requerimientos, si la oferta se le hace a una personalidad, la taza debe estar sobre dos platos, uno más grande que otro, además siempre precedida por un vaso de agua fría, para que la persona lo pueda degustar bien.

Con el establecimiento en el país de los negocios por cuenta propia aparecen en esos sitios combinaciones y recetas provenientes de otras naciones, casi desconocidas anteriormente por los cubanos.

Entre los que más se ofertan están los capuchinos, bombón, carajillo, rocío de gallo, y café irlandés.

Amado y preferido por casi todos los nacidos en esta Isla el café figura también en canciones, poemas y las artes plásticas.

No escapó a la pluma del más universal de los cubanos, José Martí quien dijo: “… El café tiene un misterioso comercio con el alma; dispone los miembros a la batalla y a la carrera; limpia de humanidad el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores y las envía a fogosos y preciosos conceptos a los labios”

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Por Marta Hernández/ Agencia Cubana de Noticias.


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